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18 diciembre 201900:15

Artículo “Vecinos en Europa. Rusia-UE: treinta años de relaciones” escrito por el Ministro de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, Serguéi Lavrov, para Rossiyskaya Gazeta, 18 de diciembre de 2019

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Hace 30 años, el 18 de diciembre de 1989, en Bruselas, se firmó el Acuerdo sobre Comercio, Cooperación Comercial y Económica entre la URSS y las Comunidades Europeas. Esta fecha pasó a ser el punto de partida en la estructuración de las relaciones oficiales entre Rusia, en tanto sucesora de la URSS, y la Unión Europea.

Es simbólico que el Acuerdo se concertara poco más de un mes después de la caída del Muro de Berlín que jalonó el fin de la guerra fría, del periodo de división del continente en bloques ideológicos opuestos. Los promotores de la asociación entre Rusia y la UE se daban cuenta de que era imposible eliminar las seculares líneas divisorias en nuestro continente sin crear en Europa un amplio campo de cooperación. Ambas partes se proponían hacerla mutuamente beneficiosa, duradera, resistente a las fluctuaciones económicas y políticas.

Los años posteriores de una minuciosa labor por vertebrar una escalonada estructura de interacción entre Rusia y la UE. Se creó un sólido marco legal cuyo núcleo sigue siendo el Acuerdo de Asociación y Cooperación firmado en 1994. En la cumbre Rusia-UE (San Petersburgo, mayo de 2003) se dio otro paso para superar la división de Europa: se acordó promover la asociación estratégica creando cuatro espacios comunes: económico; de seguridad exterior; de libertad, seguridad y justicia; de ciencia y educación, incluyendo aspectos culturales. Trabajamos de mancomún en proyectos a largo plazo que, de haber sido concluidos, habrían reportado dividendos palpables a todos los habitantes de nuestro continente común, elevando sensiblemente el nivel de su seguridad, bienestar y confort. Se trataba, en particular, de simplificar los trámites relacionados con los viajes recíprocos de los ciudadanos de Rusia y los países de la UE hasta suprimir el régimen de visados, establecer una estrecha cooperación entre las fuerzas del orden público para contrarrestar las amenazas del terrorismo y el crimen organizado, coordinar el arreglo de los conflictos y crisis regionales, constituir una unión energética. Ello no obstante, no se logró imprimir un carácter estable a la anunciada asociación en las relaciones Rusia-UE.

Lamentablemente, muchos en Occidente empezaron a enfocar la perspectiva del espacio común europeo exclusivamente a través del prisma de la “victoria en la guerra fría”. Los principios de cooperación equitativa resultaron reemplazados por la ilusión de que la seguridad euroatlántica debe estructurarse en torno a la OTAN, mientras el propio concepto de Europa debe asociarse exclusivamente con la Unión Europea. El resto son unos “círculos concéntricos” en torno a estos “centros de la legitimidad”.

Expresándolo más concretamente, en nuestras relaciones con Bruselas, con cada vez mayor frecuencia presenciamos una “absolutización” de las normas comunitarias supranacionales y los intentos de su aplicación retroactiva a los demás países. Nos proponían aceptar unas decisiones “acabadas”, “diseñadas” dentro de la UE, sin consultarlas con nosotros ni tomar en consideración los intereses de Rusia. Es decir, seguir la estela “correcta” y aceptar incondicionalmente la interpretación de los “valores comunes” que a menudo se contradecían con la tradición civilizatoria europea basada en el cristianismo.

Nuestros socios en Bruselas empezaron a orillar que la concepción de cuatro espacios comunes Rusia-UE se basaba en la comprensión recíproca de lo peligrosos y contraproducentes que eran los intentos de poner a nuestros vecinos ante la disyuntiva “UE o Rusia”. Aun antes de 2014, una señal alarmante en las relaciones Rusia-UE fue la puesta en marcha de la iniciativa Asociación Oriental, encaminada, según se confirmó después, a desgajar de Rusia a nuestros vecinos inmediatos con los que nos unen lazos seculares. Las tristes consecuencias de esta política egoísta se dejan sentir hasta hoy.

En una palabra, la UE resultó no estar dispuesta a mantener relaciones equitativas con nuestro país. En el léxico de Bruselas el término “Europa” se convirtió definitivamente en sinónimo de la “Unión Europea”. O sea, se imbuye que existe una Europa “auténtica” (miembros de la UE), mientras los demás países del continente aún deben merecer la “prestigiosa condición de europeos”.  De este modo, se pretende volver a dividir artificialmente el continente, tergiversando su geografía y su historia. Basta con mencionar las resoluciones que emiten sin cesar las instituciones de la UE, en las que a los nazis que exterminaban a los pueblos europeos, se los equipara con los combatientes soviéticos que salvaron a estos pueblos del exterminio físico.

Esta postura es muy defectuosa y, estoy seguro, no aporta nada bueno al propio proyecto de integración europea, contradice su inicial espíritu de unión y mantenimiento de la paz. Rusia era, es y será parte inalienable de Europa en lo geográfico, histórico, económico y cultural. Poseyendo nuestras propias señas de identidad, de las que con toda razón nos enorgullecemos, somos parte del espacio civilizatorio europeo. A lo largo de siglos, Rusia aportó su contribución a su expansión hasta el Océano Pacífico. Nuestra identidad se iba formando también al influjo de las avanzadas ideas europeas. Tampoco la contemporánea cultura sería concebible sin el enriquecimiento mutuo con Rusia.

A pesar de las controversias, Rusia y la UE siguen siendo importantes socios comerciales y económicos. Y son vecinos más grandes que son capaces de responsabilizarse de manera independiente y compartida de la paz, la prosperidad y la seguridad en esta parte de la región euroasiática. A propósito, salvo por la posición prejuiciada de la UE en el contexto de los eventos en Ucrania, hoy el intercambio comercial entre Rusia y la Unión Europea bien podría haber superado un medio billón de dólares de EEUU convirtiéndose en un factor a escala global comparable al volumen del intercambio comercial de la UE con EEUU y China.

Hay cada vez más señales de que nuestros socios de la Unión Europea progresivamente están tomando conciencia de lo anormal que es la situación actual. Después de un cierto estancamiento se ha reactivado la dinámica de interacción con la mayoría de los Estados miembros de la UE. Hemos tenido los primeros contactos con los nuevos altos cargos de la Unión Europea que empezaron su labor a principios de diciembre. 

El inicio del siguiente ciclo institucional en la UE presenta de manera objetiva la posibilidad de un “nuevo comienzo” en nuestras relaciones. Por lo menos es una ocasión para reflexionar con seriedad qué cada uno significa para el otro en un mundo que cambia rápidamente. Me gustaría esperar que los responsables de tomar decisiones en la Unión Europea se guíen por una visión estratégica y actúen de acuerdo con los principios de los grandes políticos europeos como Charles de Gaulle y Helmut Kohl que pensaron en términos de “la casa común europea”. Las restricciones artificiales a la cooperación para favorecer los intereses geopolíticos de alguien no resuelven los problemas, sino que sólo crean los nuevos y debilitan la posición económica de Europa. Estoy convencido de que bajo presión de la globalización sólo es posible mantener la identidad y la competitividad de las culturas y economías europeas mediante la unión de las ventajas que tienen todos los países y las asociaciones de integración de nuestra región euroasiática común.

Las relaciones entre Rusia y la UE no se desarrollan en un vacío. El mundo multipolar ya es una realidad. En la región de Asia y el Pacífico se han formado unos centros nuevos del poder financiero, económico, tecnológico y militar. Elaboramos nuestra política exterior y la cooperación con los socios teniendo en cuenta este factor fundamental. Las nuevas realidades no solo conllevan desafíos transfronterizos adicionales, sino que también ofrecen oportunidades de extraer recursos para nuestro propio desarrollo donde antes ni siquiera hemos intentado mirar. De todos modos, la suma de esfuerzos aumenta nuestras posibilidades. En el contexto de la turbulenta situación internacional, es importante asegurar el imperio del Derecho Internacional. No tratar de reemplazarlo con el orden basado en las reglas, inventado por el Occidente según sus propios intereses. Solo así podremos garantizar la eficiencia de esfuerzos multilaterales.

Creemos que la Unión Europea es uno de los centros del mundo multipolar. Tenemos por objetivo desarrollar las relaciones con la Unión conforme con el concepto propuesto por el Presidente, Vladímir Putin, de crear una Gran Asociación Euroasiática desde el Atlántico hasta el Pacífico con la participación de los Estados de la Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y todos los demás países del continente. La cooperación entre la Unión Europea y la Unión Económica Euroasiática puede ser la base económica para incorporar a la UE en esta Asociación. La combinación de las capacidades de dos grandes mercados regionales y la armonización de sus regímenes de comercio e inversión consolidarán las posiciones de todos los participantes del comercio mundial. Además, y es importante, permitirá a evitar en el futuro una situación cuando nuestros vecinos comunes vuelvan a enfrentarse artificialmente a una elección primitiva, la UE o Rusia.

Recuerdo otra vez que los principios de la Asociación ya se han establecido en nuestros documentos conjuntos. En particular, en la Hoja de Ruta sobre el espacio común de seguridad externa, aprobada en la cumbre de Rusia y la UE, el 10 de mayo de 2005, se dice que los procesos de la cooperación regional e integración, en los que participan Rusia y la UE y que se basan en las decisiones soberanas de los Estados, desempeñan un papel importante en el fortalecimiento de la seguridad y la estabilidad. Hay que promover estos procesos «de una manera mutuamente beneficiosa a través de una estrecha cooperación y diálogo orientados a los resultados entre Rusia y la Unión Europea, contribuyendo así de manera efectiva a la formación de una gran Europa sin líneas divisorias y basada en valores compartidos». Hoy en día, no se puede decirlo mejor. Sería bueno convertir estas palabras en unos hechos reales.

Crear un sistema de seguridad eficaz en Europa solo es posible sobre una base colectiva, es un axioma. Hace 20 años, el 19 de noviembre de 1999, en la cumbre de la OSCE en Estambul, se firmó la Carta Sobre la Seguridad Europea. Por la iniciativa de la UE, incluimos en la Carta la Plataforma de Seguridad Cooperativa cuya esencia es la interacción no solo entre Estados, sino también entre todas las organizaciones en la región de Europa y el Atlántico. Apoyamos esta propuesta. Por desgracia, más tarde esta idea le dejo a interesar a Bruselas, donde no solo se encuentran las instituciones de la UE, sino también la sede de la OTAN. En la reunión del Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de la OSCE en Bratislava, del 5 al 6 de diciembre de 2019, los países occidentales bloquearon la propuesta de Rusia de confirmar la iniciativa mencionada que conlleva un diálogo equitativo de toda Europa con la participación de la UE, la CEI, la OTAN y la OTSC. Resulta que la UE y la OTAN, presentando su idea hace 20 años, actuaron así por la convicción de su dominación, y ahora temen la competencia por parte de instituciones que desarrollan con éxito en la CEI, están evadiendo un diálogo directo y equitativo con ellas.

Instamos a la Unión Europea a guiarse por los principios fundamentales establecidos en los documentos sobre las bases de las relaciones entre Rusia y la UE, y no por las construcciones inventadas que implican una especie de «coexistencia forzada». Nos enfrentamos a amenazas y desafíos comunes: terrorismo, narcotráfico, crimen organizado, migración ilegal y muchos más. Es poco probable que las restricciones de cooperación con nuestro país y las confrontaciones con Rusia mejoren las perspectivas de la propia Unión Europea en el mundo moderno.

Estamos dispuestos  a promover una cooperación mutuamente beneficiosa, equitativa y pragmática con la UE, en armonía con los intereses de nuestros aliados y todos los demás socios en Eurasia. Es la única forma de establecer un modelo viable de relaciones duraderas que satisfaga los intereses y aspiraciones de los países y pueblos de todo el continente euroasiático.

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