Discurso pronunciado por el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, durante el 72º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, Nueva York, 21 de septiembre de 2017

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Estimado señor presidente, estimadas damas y caballeros,

En diciembre del año pasado, la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución que promueve el establecimiento del orden internacional democrático y equitativo y estipula claramente la inadmisibilidad de la injerencia en los asuntos internos de los Estados soberanos, el rechazo de golpes de Estado como método del cambio del poder, la necesidad de excluir de la comunicación internacional los intentos de unos Estados de ejercer la presión arbitraria en otros, incluida la aplicación extraterritorial de la legislación nacional.

La mayoría de los Estados miembros de la ONU votaron por esta resolución. En minoría quedaron, ante todo, los países que, a pesar de los objetivos y principios de la Carta de la ONU, intentan dominar en los asuntos globales, imponer los modelos de desarrollo y sus “valores” a otros Estados y pueblos guiándose por la lógica de unipolaridad que socava el Derecho Internacional.

Mientras, el mundo no está estancado. Agrada que el presidente de EEUU, Donald Trump, declarase anteayer desde esa tribuna, de manera unívoca, la importancia de respetar el principio de soberanía a nivel internacional. Dijo que es necesario confirmar el liderazgo con ejemplos, que no se puede imponer su voluntad a otros pueblos, que los países con valores, culturas y aspiraciones distintos no sólo pueden coexistir sino cooperar respetando los intereses mutuos. Creo que cada uno puede poner su firma bajo estas palabras, especialmente si la política exterior de EEUU se realiza sobre esta base.

La soberanía, el rechazo a la intervención en los asuntos internos [de otras naciones], la igualdad de los pueblos y el respeto mutuo: Rusia siempre fue fiel a estos principios a la hora de participar en los asuntos internacionales y seguirá defendiéndolos. Durante los últimos 25 años, nuestro país pasó con honradez el camino de eliminación del legado de la Guerra Fría e hizo mucho para mejorar la confianza y el entendimiento mutuo en la zona euro-atlántica y en el mundo en general. Sin embargo, esto no ha encontrado una respuesta recíproca por parte de nuestros socios occidentales, emborrachados con la ilusión de la llegada del 'fin de la historia' y que aún intentan ajustar los instituciones rudimentarias de la época de la oposición en bloque a la realidad actual. La OTAN aspira a recrear el clima de la Guerra Fría y se niega a aplicar en el espacio de la OSCE el principio de seguridad igual e indivisible solemnemente proclamado en los años 90.

Occidente ha ido construyendo su política según el principio de “el que no está con nosotros, contra nosotros está”, eligiendo el camino de una irreflexiva ampliación de la OTAN hacia el este, provocando inestabilidad en el espacio postsoviético y alentando sentimientos antirrusos. Esta política es precisamente la raíz del prolongado conflicto del sureste de Ucrania. Pese a los esfuerzos que se emprenden en el formato de Normandía y en el Grupo del Contacto, el Gobierno de Kiev trama más y más argucias para dilatar el cumplimiento de sus obligaciones en la implementación del Conjunto de Medidas de Minsk del 12 de febrero de 2015 avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Aun en estas circunstancias, Rusia apuesta por un trabajo constructivo y la búsqueda de vías mutuamente aceptables para implementar los Acuerdos de Minsk. En respuesta a las preocupaciones que se expresan por el estado de las cosas en materia de seguridad, el Presidente de la Federación de Rusia, Vladímir Putin, presentó la iniciativa de establecer una Misión de la ONU para la protección de los observadores de la OSCE en Donbás. El correspondiente proyecto de resolución ha sido remitido al Consejo de Seguridad de la ONU. Confiamos en que la propuesta rusa contribuirá a resolver la crisis interna ucraniana que se desencadenó como consecuencia del golpe de Estado anticonstitucional perpetrado por los ultrarradicales. Esperamos una interacción constructiva y libre de juegos de suma cero sobre este asunto con nuestros socios tanto en Europa como en EEUU.

Estando aquí, en la sede de la ONU, no debemos olvidar los orígenes de las Naciones Unidas. Las resoluciones del Tribunal de Nuremburgo sirvieron de una advertencia contra dejar en el olvido las lecciones de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias catastróficas de los intentos de regir los destinos del mundo pisoteando los intereses legítimos de otros Estados y naciones. Es un sacrilegio escudarse en la inquietud por la libertad de expresión para dar cancha a movimientos radicales que promueven la ideología neonazi y defienden la heroización de los nazis y sus cómplices. Son necesarios esfuerzos consecuentes dirigidos a construir una barrera infranqueable para el avance del neonacismo y revanchismo, del extremismo y la xenofobia, a fortalecer la paz entre las etnias y culturas.

Instigando al odio y la intolerancia, los terroristas, extremistas y nacionalistas destruyen y profanan objetos de valor histórico, religioso o cultural. Una Europa civilizada tolera la demolición de monumentos a los libertadores del continente, héroes de la Segunda Guerra Mundial, cuya victoria puso los cimientos de las Naciones Unidas. Consideramos necesario que se preste sin dilación una atención prioritaria a este tema tanto en la Asamblea General como en la Unesco, a fin de proporcionar el necesario marco legal para prevenir tales acciones. Rusia tiene previsto presentar las correspondientes propuestas.

Es inadmisible seguir indiferente ante la persistencia en Europa del vergonzoso fenónemo de los no ciudadanos, al igual que ante la opresión de las lenguas de minorías en una burda violación de las convenciones del Consejo de Europa.

A través de los siglos, la historia mundial muestra que una solución sólida de las desavenencias sólo es posible por la vía del diálogo y buscando el equilibrio entre los intereses básicos de las partes en conflicto. Lamentablemente, en el arsenal de algunos Estados occidentales cada vez más prevalece una presión burda en lugar de la diplomacia. Aplicar sanciones unilaterales –al margen de las que impone el Consejo de Seguridad de la ONU– es ilegítimo y socava la naturaleza colectiva de los esfuerzos internacionales. Hoy en día todo el mundo sigue con alarma cómo las restricciones unilaterales que EEUU impone una y otra vez contra Irán y que además tienen carácter extraterritorial, ponen en riesgo la implementación del Plan de Acción Integral Conjunto que se convirtió en uno de los factores clave de la estabilidad regional  

El desacierto de la política de sanciones unilaterales quedó demostrado hace muchos años con el ejemplo del bloqueo de más de medio siglo que EEUU mantiene contra Cuba y cuya eliminación inmediata llevan pidiendo durante decenios prácticamente todos los Estados miembros de la ONU. Ya va siendo hora de escuchar este clamor.

Está tomando una curva peligrosa la espiral de confrontación en torno a Corea del Norte. Condenamos enérgicamente las aventuras nucleares y balísticas de Pyongyang en violacion de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. No obstante, azuzar la histeria militar no es sólo un camino a ninguna parte, sino fatal. Es imdiscutible que todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU se han de cumplir. Pero todas ellas recogen, junto con las sanciones, preceptos sobre la necesidad de recuperar las negociaciones. Pedimos que se dejen de bloquear estos preceptos. No existe alternativa a las vías políticas y diplomáticas basadas en el diálogo entre todas las partes interesadas para resolver el problema nuclear de la península de Corea. Llamamos a los miembros responsables de la comunidad internacional a apoyar la hoja de ruta ruso-china expuesta en la Declaración Conjunta de los Ministerios de Asuntos Exteriores de Rusia y de la República Popular China del 4 de julio.

Son inaceptables las incitaciones a disturbios y las amenazas de intervención militar con fines de «democratización» de Venezuela, al igual que las acciones para destruir el gobierno legítimo en cualquier país. Ante todo conflicto interno, la comunidad internacional debe animar a las partes a buscar la reconciliación nacional y el consenso.

Los intentos de ignorar la opinión de otros, de recurrir al dictado y los ultimátums, de usar la fuerza obviando la Carta de la ONU nunca han llevado a nada bueno. El auge del terrorismo internacional, los millones de refugiados, las oleadas de inmigración ilegal sin precedentes provienen en gran parte de las aventuras emprendidas en los últimos años para cambiar a “regímenes indeseables”, incluyendo las intervenciones armadas que sembraron el caos y la destrucción en Oriente Próximo y el Norte de África y allanaron el camino a los terroristas a aquellas partes del mundo donde no habían tenido presencia nunca.

A pesar de que el Estado Islámico pierde terreno en Siria e Irak, se requieren muchos esfuerzos más para estabilizar la región. Cabe recordar que es necesario luchar no sólo contra el Estado Islámico, sino también contra Al Nusra al que por alguna razón le dan cuartel los miembros de la coalición estadounidense.

La evolución de la situación en Siria da motivos para un optimismo cauteloso. Lla Sexta Reunión Internacional sobre Siria en Astaná culminó con la formalización de las cuatro zonas de distensión cuya creación se había acordado con la participación de Rusia, Irán, Turquía, EEUU, Jordania y la ONU y con el apoyo de muchos otros países. Esos acuerdos crean condiciones para seguir avanzando hacia el cumplimiento de la resolución 2.254, sobre la base del diálogo directo entre el Gobierno y la oposición y aunando sus esfuerzos para destruir lo antes posible el foco terrorista y restablecer la paz en todo el territorio del país, recuperar su unidad y resolver los graves problemas humanitarios.

Las tareas más urgentes son el aumento de los suministros de ayuda humanitaria y el desminado de los territorios liberados. Estamos convencidos de que en estos procesos –bajo el liderazgo de la ONU y sin condición previa alguna– deben implicarse todos aquellos quienes desean de verdad la paz para Siria y su pueblo.

Un tema aparte son los casos del uso de armas químicas en la región. Todos ellos deben ser objeto de una investigación desinteresada y profesional, sin que se intente manipular las actividades de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) y el Mecanismo Conjunto de Investigación ONU-OPAQ sobre armas químicas en Siria (MCI).

Solucionar las cuestiones humanitarias y reconciliar a las partes enfrentadas también es un asunto pendiente para otras crisis de la región, incluidas las de Libia, Yemen, Irak. En cada uno de estos casos, al igual que en otros conflictos, Rusia aplica una política equilibrada y trabaja con todas las partes.

Hablando de los problemas de la región de Oriente Próximo y el Norte de África, no se debe relegar a un segundo plano ni mucho menos dejar en el olvido las resoluciones de la ONU relativas al problema palestino y la iniciativa de paz árabe. Le damos una gran importancia a la recuperación de la unidad palestina y aplaudimos los esfuerzos de Egipto en esta dirección. Rusia está dispuesta a contribuir por todos los medios a la reanudación de las conversaciones directas entre Israel y Palestina y cooperar a estos efectos con los socios del Cuarteto y de la Liga Árabe. Los extremistas continúan especulando con la falta de solución al problema palestino reclutando en sus filas a más y más adeptos.

Los continuos y sangrientos atentados terroristas en todo el mundo evidencian lo ilusorios que son los intentos de crear «islas» de seguridad. El extremismo y el terrorismo debemos combatirlos sólo en común, sin dobles raseros y agendas ocultas, con el énfasis en que la principal responsabilidad la tienen los Estados, tal como estipula la Estrategia Global de la ONU contra el Terrorismo.

Aplaudimos la reforma de la lucha antiterrorista del sistema de Naciones Unidas impulsada por el Secretario General y aprobada por la Asamblea General. Consideramos la designación del representante ruso al frente de la nueva Oficina de Lucha contra el Terrorismo como reconocimiento del papel de Rusia en la lucha contra este mal. Les agradecemos a todos su apoyo.

Rusia está comprometida con el objetivo de lograr un mundo libre de armas nucleares. De conformidad con los regímenes vigentes de tratados en el ámbito del control de armas y de la no proliferación, la eliminación total de estas armas debe ser el resultado final del proceso del desarme completo y universal, con la garantía de una seguridad igual e indivisible. Los intentos de suministrar armas nucleares «al margen de la ley» –sin tomar en consideración las realidades del mundo contemporáneo y cerrando los ojos al conjunto de los factores que influyen hoy en día en la estabilidad estratégica– sólo alejan este objetivo común y socavan los regímenes consensuados del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN).

Llamamos a decir «no» a la militarización del espacio de la información. No se debe permitir que se convierta en el escenario de pugnas político-militares, que las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se utilicen como una herramienta para presionar, causar daño económico, propagar ideas de la ideología terrorista y extremista.

Es importante enfocar los esfuerzos de la ONU en la elaboración de unas reglas del comportamiento responsable en el ámbito digital que respondan a los intereses de todos los Estados.

Rusia ha redactado el borrador de una convención universal contra la ciberdelincuencia, incluido el pirateo informático. Sugerimos comenzar el debate ya durante este período de sesiones.

Es evidente que en el futuro el mundo seguirá afrontando toda una serie de nuevos desafíos que afectarán a largo plazo a toda nuestra civilización. No podemos permitirnos malgastar el tiempo y la energía en juegos geopolíticos. Se requieren enfoques colectivos y no unilaterales. 

El proceso de formación de un orden mundial policéntrico es una tendencia objetiva que refleja el reequilibrio global de fuerzas y un mayor peso del factor de la identidad cultural y civilizacional. Todos nosotros, incluidos aquellos acostumbrados a campar a sus anchas por el mundo, tendremos que adaptarnos a esta tendencia. Es de nuestro interés común no tratar de frenar este proceso natural. Hay que conseguir que el orden mundial sea justo y democrático, tal como lo habían concebido los padres fundadores de la ONU. La globalización no debe crear antagonismos, sino jugar un papel unificador, tomar en consideración los intereses de todos los Estados sin excepción, contribuyendo a garantizar un futuro estable y seguro para toda la humanidad.

Sin la confiaza mutua es imposible esperar una implementación eficaz de los ambiociosos Objetivos de Desarrollo Sostenible y del Acuerdo de París sobre el clima, la solución de los problemas globales de la seguridad alimentaria, de la demografía, de la salud, tal vitales para los países en desarrollo.

Los principios fundamentales de las relaciones internacionales deben incluir el reconocimiento del pluralismo político, la libertad de elegir y la supremacía del derecho. Es necesario dejar de apostar por alianzas militares, brindar apoyo y dar garantías de seguridad a los Estados que hayan optado por la neutralidad. En el terreno económico, hay que conseguir la reducción de las barreras en el comercio y las inversiones, rechazar la politización de los vínculos económicos. Debe permanecer al margen de la política el movimiento olímpico internacional y el deporte en general. Se debe inculcar, ante todo en los jóvenes, el respeto por la diversidad cultural y civilizacional del mundo contemporáneo. Les invitamos a todos al XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que nuestro país acogerá en Sochi en menos de un mes. En las mismas fechas Rusia será sede de otro gran evento, la 137ª Asamblea de la Unión Interparlamentaria en San Petersburgo, que se centrará en el fortalecimiento de la paz y la seguridad a través del diálogo entre culturas y religiones. Alentemos el diálogo entre las culturas y las religiones, y dejemos de utilizar hechos históricos para instigar al odio y a las fobias.

La filosofía de la coexistencia, la conjugación, la armonización de los intereses de distintos países es el fundamento del concepto de la Gran Asociación Euroasiática planteada por el Presidente de la Federación de Rusia, Vladímir Putin, y que está abierta a todos los Estados de Asia y Europa y busca formar un espacio económico y humanitario común a partir del principio de la indivisibilidad de la seguridad. Huelga decir que la garantía de iguales derechos para todos –tanto ciudadanos, como Estados– es un requisito universal, tal como lo exige, de hecho, la Carta de la ONU.

Estos principios justos son precisamente los que sustentan las actividades de entidades en las que Rusia participa activamente, como la Comunidad de Estados Independientes, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, La Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de Shanghái o el grupo BRICS. En la misma línea construimos nuestras relaciones con la ASEAN, la Unión Africana, la CELAC y otras uniones de países de Asia, África y América Latina. Juntos logramos unos enfoques más equilibrados en el trabajo de estructuras como el Grupo de los Veinte, APEC, el FMI, el BIRF.

Creemos en la vitalidad de la ONU, y queremos ver un papel activo del Secretario General para facilitar la realización plena del potencial de las Naciones Unidas a partir de los objetivos y principios de la Carta de la ONU y desde el respeto a las prerrogativas de los órganos intergubernamentales. Se requiere un enfoque especialmente ponderado respecto a ideas de la reforma de las fuerzas de paz, un asunto en el que no han de tener lugar movimientos drásticos ni el olvido de la valiosa experiencia acumulada durante decenios.

Hace dos milenios, el filósofo romano Séneco escribió: “Hemos nacido para vivir en común”. Los padres fundadores de la ONU son los que más cerca han estado de tomar conciencia de esta realidad. Estaban convencidos (y lo plasmaron en la Carta de la ONU) de que la propia coexistencia en un mismo planeta que Dios nos concedió debe obligar a unirnos para impedir el horror de nuevas guerras. Para lograrlo, hoy en día es imprescindible recuperar la cultura de la diplomacia, del diálogo, de la búsqueda del equilibrio de intereses en contrapeso al instinto de soluciones rápidas y al deseo de “castigar a los insumisos”. En esencia, se trata de preservar a la humanidad en toda su riqueza y diversidad.

Rusia siempre ha estado y está abierta a un trabajo en común con todos aquellos quienes muestran una disposición recíproca para una cooperación basada en el respeto mutuo y la igualdad de derechos. Seguiremos defendiendo estos enfoques sobre la actividad de la  ONU en aras de perfeccionar la gobernanza global y de una democratización real de las relaciones internacionales.

Les agradezco su atención.

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