4 junio 201909:30

Artículo del ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, “El Día de la Victoria” para la revista Mezhdunarodnaya Zhizn (Vida Internacional), 4 de junio de 2019

1155-04-06-2019

  • de-DE1 en-GB1 es-ES1 ru-RU1 fr-FR1

Ya acabó el mayo, tronaron las salvas de honor, el país y el mundo celebraron el Día de la Victoria, la gran fiesta de los veteranos de guerra: del frente y de la retaguardia, de todo nuestro pueblo y otros pueblos triunfadores. Hubo un solemne desfile en la Plaza Roja y deposición de flores a la tumba del Soldado Desconocido. Un año más, no sólo en Rusia sino en muchos otros países, hubo marchas del Regimiento Inmortal, una iniciativa ciudadana que cobró dimensiones realmente globales. En estos actos tomaron parte centenares de miles de rusos, compatriotas y ciudadanos extranjeros - los que respetan la memoria de la Victoria y de los que la habían conseguido.

En breve, el próximo 22 de junio, celebraremos el Día de la Memoria y del Dolor que conmemora el inicio de la Gran Guerra Patria, según se llama la Segunda Guerra Mundial en el territorio de la URSS. Recordaremos a los caídos en combates, a los torturados en presiones y campos de concentración, a los muertos por hambre y sufrimientos de la guerra. Además, empezamos los preparativos para la celebración el próximo año el 75º aniversario de la Victoria, que, sin duda, tendrá un nivel digno de la hazaña y la grandeza de espíritu de todos los héroes de aquella guerra. Y, sin querer, uno para a pensar en ¿qué significa la fecha del 9 de mayo para los pueblos que estaban al borde de la aniquilación y por qué hoy en día hay los que la detestan?

A mí, nacido justo después de la guerra y crecido con las historias de los veteranos y de los familiares que lo habían vivido, las repuestas a estas preguntas me parecen evidentes. Los pueblos de la Unión Soviética y otros países fueron un blanco para la ideología antihumanista del nazismo y víctima de la agresión por parte de la máquina de guerra más potente, organizada y motivada de aquella época. A costa de enormes sacrificios, la URSS hizo el decisivo aporte a la derrota de la Alemania hitleriana, liberando Europa, junto con los aliados, de la peste parda. La victoria sentó los cimientos para el orden mundial de posguerra, basado en la seguridad colectiva y cooperación interestatal, abrió paso para la institución de la ONU. Estos son los hechos.

Sin embargo, lamentablemente, la memoria de esta Victoria no resulta sagrada para todo el mundo. Es triste que también en Rusia haya quienes secundan los cuentos divulgados por los que pretenden enterrar esta memoria y sugieren que es hora de renunciar a celebrar solemnemente el Día de la Victoria. Cuanto más imponentes son las cifras de los aniversarios, tanto más nos enfrentamos con la falta de la memoria histórica.

Por amarga que sea, la verdad es que observamos los intentos de desacreditar a los héroes, de sembrar las dudas artificiales con respecto al camino que habían seguido nuestros antepasados. En el extranjero y en nuestro país se oye en ocasiones que en Rusia se está imponiendo la militarización de la conciencia colectiva, que los desfiles y las marchas en el Día de la Victoria no es otra cosa que la implantación de sentimientos beligerantes a nivel estatal. De este modo, Rusia, presuntamente, rechaza el humanismo y los valores del mundo «civilizado». Mientras Europa asegura haber olvidado «las diferencias pasadas», haber hecho paces y que está construyendo, de forma «tolerante» las «relaciones proyectadas hacia el futuro».

Nuestros detractores pretenden empequeñecer el papel de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Presentan a la URSS, si no como la principal culpable de la guerra, como un agresor equiparable a la Alemania nazi, divulgan las ideas sobre la «responsabilidad igual». Se equiparan cínicamente la ocupación nazi, que cobró decenas de millones de vidas, los crímenes de los colaboracionistas y la misión liberadora del Ejército Rojo. Se erigen monumentos en honor a los fautores de los nazis. Al mismo tiempo, los monumentos a los soldados libertadores y los entierros de nuestros soldados caídos en algunos países se someten a profanación y destrucción. Me gustaría recordar que el Tribunal de Núremberg, cuyas sentencias pasaron a formar parte indivisible del Derecho Internacional, definió claramente quién había estado del lado del bien, y quién, del lado del mal. En primer caso, es la URSS que sacrificó al altar de la Victoria millones de vidas de sus hijos e hijas, y los Estados aliados. En el segundo, el régimen del Tercer Reich, los países del Eje y sus secuaces en los territorios ocupados.

No obstante, en el sistema de educación occidental se infiltran falsas interpretaciones de la Historia. Se hace uso de mistificaciones, teorías seudohistóricas destinadas a empequeñecer la hazaña de nuestros antepasados. Se le convence a la juventud de que el principal mérito en la victoria sobre el nazismo y la liberación de Europa pertenece no a las tropas soviéticas sino a Occidente, gracias al desembarco en Normandía, menos de un año antes de la derrota del nazismo.

Veneramos sinceramente el aporte a la Victoria conjunta de todos los aliados en aquella guerra, consideramos vergonzosos los intentos de insertar una cuña entre nosotros. Pero por más que se esfuercen los falsificadores de la Historia, no conseguirán apagar la llama de la verdad. Fueron los pueblos de la Unión Soviética los que rompieron la espina dorsal al Tercer Reich. Es un hecho.

Resultan detestables los ataques contra el propio Día de la Victoria, contra el homenaje a la gran hazaña de los que vencieron en aquella terrible guerra.

En Europa, con su presunta corrección política, intentan suavizar las «asperezas históricas», sustituir los honores militares a los triunfadores con los actos «neutrales» y reconciliadores. Nadie discute que hay que mirar hacia adelante pero no se puede olvidar las lecciones de la Historia.

Fueron pocos los que prestaron atención a que en Ucrania, que aspira a compartir los «valores europeos», el anterior régimen, de Piotr Poroshenko, había declarado fiesta nacional el día de la fundación del Ejército Insurgente Ucraniano, una organización criminal responsable de la muerte de decenas de miles de los civiles ucranianos, bielorrusos, rusos, polacos, judíos (en propio Israel, cuyo pueblo sobrevivió el Holocausto, el 9 de mayo es declarado fiesta oficial, el Día de la Victoria). Otros ejemplos escandalosos en los países vecinos: marchas con antorchas, como en la Alemania nazi, de los nacionalistas por las calles centrales de la ciudad-héroe de Kíev, marchas de los veteranos y simpatizantes de las Waffen-SS en Riga y Tallin. Dan ganas a preguntar a los que no les gustan las lágrimas de nuestros veteranos en los desfiles, a los que critican los actos «militaristas» en honor de la Victoria: ¿qué les parece semejante «desmilitarización» a la europea?

Desde luego, nadie lo reconocerá pero los hechos hablan por sí mismos: EEUU, la OTAN y la UE perdonan mucho a sus sucios menores que están apostando por una rusofobia expresa. En aras de usarlos para conservar las alianzas occidentales en las posiciones antirrusas, para renunciar a establecer un diálogo pragmático y respetuoso con Moscú, a estos muchachos se les tolera todo, incluida la glorificación de los cómplices de los nazis y el chovinismo inveterado con respecto a los rusos y otras minorías nacionales.

Además, a veces da la sensación de que el objetivo de esta connivencia por parte de Occidente es eximir de responsabilidad a los que, habiendo pactado con Hitler en Múnich en 1938, intentaron desviar la agresión nazi hacia el Este. El deseo de muchos en Europa de corregir aquella página vergonzosa de la Historia tal vez sea comprensible. Porque su resultado fue que las economías de varios países de Europa continental empezaron a trabajar para el Tercer Reich y sus administraciones participaron en el genocidio desatado por los nazis contra los rusos, lo judíos y otros pueblos. No es casual, por lo tanto, que los miembros de la UE y la OTAN persisten en negarse a apoyar la resolución de la Asamblea General de la ONU, iniciada por Rusia, sobre la inadmisibilidad de la glorificación del nazismo. Y la «visión alternativa» de la Segunda Guerra Mundial de los diplomáticos occidentales no proviene de la ignorancia (aunque, a veces, también). Cabe recordar que incluso en los años de la guerra fría no se observaba semejante profanación, aunque la confrontación ideológica lo podría haber facilitado. Pero entonces pocos se atrevían a discutir el papel decisivo de la URSS en nuestra Victoria común y el prestigio del que gozaba nuestro país en la posguerra. Lo reconocían sin reservas también nuestros aliados. Fueron ello, por cierto, los que propusieron dividir Europa en «esferas de influencia» en 1944, cuando durante las negociaciones soviético-británicas Winston Churchill planteó esta cuestión a Iósif Stalin.

Hoy en día, tergiversando el pasado, los políticos y propagandistas occidentales pretenden hacer a la opinión pública dudar de lo justo del orden mundial establecido por la Carta de la ONU al término de la Segunda Guerra Mundial. El rumbo que está tomado conduce a sustituir el sistema existente y basado en el Derecho Internacional con cierto «orden basado en reglas», que se diseñará según el principio «quien es más fuerte, tiene razón», «la ley de la jungla».

Se trata, en primer lugar, de EEUU y las particularidades estadounidenses interpretando la historia del siglo XX. Allí sigue muy extendida la ideo sobre «dos guerras buenas» que permitieron a EEUU imponer su dominio militar en Europa Occidental y otras regiones del mundo, fomentar su confianza en las propias fuerzas, vivir un auge económico, abrirse paso entre los líderes mundiales.

Los estadounidenses se dedican a crear la imagen de la «Rusia militarista» con el mismo entusiasmo que los europeos. Y eso que la mayor parte de su propia historia consiste en las infinitas guerras de rapiña. En los 243 años del «excepcionalismo estadounidense», el intervencionismo se ha convertido en un elemento indivisible de la política exterior de Washington. Es más, la élite política de EEUU considera el uso de la fuerza como un elemento natural de la «diplomacia coercitiva» (coercive diplomacy), destinada a solucionar un amplio abanico de cuestiones, incluidas las de la política interior.

Ninguna campaña electoral en EEUU se celebra sin que los candidatos se probaran la toga del comandante general en activo. Se considera una prueba de valentía del político estadounidense su disposición de recurrir al uso de la fuerza por cualquier motivo. Hay mucho ejemplos de la realización de semejantes estereotipos bajo diferentes pretextos «plausibles»: en la isla de Granada en 1983, en Panamá en 1989, en Yugoslavia en 1999 o en Irak en 2003. Al mismo tiempo en EEUU veneran a sus soldados caídos, independientemente de la causa que defendieron. Y en mayo se celebra Memorial Day sin que nadie les sospechara de «militarismo» cuando en diferentes ciudades de EEUU se organizan los desfiles militares y navales y espectáculos aéreos con la participación de los equipos bélicos.

Entretanto, a nosotros nos acusan, de hecho, de recordar a nuestros padres y abuelos que dieron sus vidas en una sagrada guerra libertadora, de rendirles honores militares, de celebrar con orgullo y envergadura el Día de la Victoria. ¿Acaso fue Rusia o la URSS las que desataron dos guerras mundiales? ¿Acaso somos nosotros los que cuentan con una red ramificada de bases militares, creada para controlar todo el mundo?

Para los diplomáticos y políticos el 9 de mayo es también el motivo para recordar que los Aliados de la Segunda Guerra Mundial en 1945 se declararon las Naciones Unidas. Durante la guerra estuvieron hombro con hombro acompañando los convoyes árticos y hermanándose en el río Elba. Los aviadores franceses del Escuadrón de Caza Normandie-Niemen combatieron con el enemigo en el frente germano-soviético. La conciencia de una amenaza común encarnada en la ideología antihumanista de nacional-socialismo ayudó a los Estados de modelos políticos y socioeconómicos muy diferente a olvidar las diferencias. Se convirtió en el factor unificador la fe en que la derrota de la Alemania hitleriana manifestaría el triunfo de la justicia y la victoria de la luz sobre la oscuridad.

Una vez finalizada la guerra, los aliados diseñaron una nueva arquitectura de las relaciones internacionales en torno al ideal de una cooperación equitativa entre los Estados soberanos. La fundación de la ONU debía servir de garantía para no repetir el triste destino de su predecesora, la Liga de las Naciones. Los padres fundadores asimilaron muy bien las lecciones de la Historia: sin el «concierto de grandes potencias» - un acuerdo unánime de los países líderes del planeta, que ocuparon sus sillas permanentes en el Consejo de Seguridad – la paz no podrá ser estable. Su legado nos debe seguir guiando en la actualidad.

Este año, durante los actos solemnes con motivo del Día de la Victoria, hemos vuelto a decir a todos los que quieren oír: «Sí, estamos dispuestos a enfrentarnos decididamente, al igual que nuestros antepasados, a cualquier agresor. Pero los rusos no queremos guerra, no queremos que se repitan los horrores y los sufrimientos». La predestinación histórica de nuestro pueblo es salvaguardar la paz. La paz que intentamos mantener. Y por eso alargamos la mano a todos los que quieren ser buenos socios. Los colegas occidentales tienen ya desde hace mucho nuestras propuestas que abren caminos reales para superar la confrontación y crear un escudo seguro ante todos los que admiten la posibilidad de una guerra nuclear. Estas propuestas están respaldadas con un llamamiento hecho en mayo del corriente por los Estados miembros de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva a la Alianza Atlántica a entablar un dialogo profesional despolitizado sobre los problemas de la estabilidad estratégica.

Estoy seguro de que los ciudadanos de Rusia y otros países pensarán en la paz cuando el 9 de mayo de 2020 vean los desfiles en honor al 75 aniversario de la Gran Victoria y salgan a las calles de las ciudades en las filas del Regimiento Inmortal con las cintas de San Jorge. La memoria de los caídos en la lucha contra los enemigos de la Patria, contra los enemigos de la civilización humana estará viva hasta que celebremos el gran día de los pueblos victoriosos, el día de la salvación,  el día de la liberación. Y no nos avergoncemos de la envergadura de estos festejos.

x
x
Criterios adicionales de búsqueda